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‘En mi corazón siempre quise ser basquetbolista’: Jackson Martínez



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Jackson Martínez se ríe al recordar que su mamá tomó el apellido del “Rey del pop” para convertirlo en su nombre. Confiesa que siempre quiso ser basquetbolista, pero que pudo más el fútbol cuando, de niño, pateó descalzo todo lo que se cruzaba en su camino: desde latas de gaseosa vacías hasta las cabezas de las muñecas de sus hermanas que él mismo decapitaba.

Profundamente religioso, el espigado chocoano narra sin rencores cómo en el aeropuerto de Madrid (Barajas) un hombre le espetó: “Yo no comparto con negros”, y cómo decidió no responder con la misma moneda. Y así es: un tipo muy bien puesto y sereno, que solo explota en el área contraria y que hoy maneja con cuidado un BMW por las calles de Oporto. Este es el máximo goleador colombiano en la historia de la más importante competición de clubes: la Champions League. (Lea también: Arsenal tendría como prioridad el fichaje de Jackson Martínez)

Pedro Amorim, asesor de prensa del Oporto F.C., nos confirma algo que ya nos advirtió su compañera Diana Fontes, del departamento de Comunicación, Jackson suele demorarse a la salida del entrenamiento: se queda, según sus propias palabras, para “entretenerse en el gimnasio”. Lo mismo ocurría con su predecesor Radamel Falcao, a quien también le gustaba “entretenerse” en el gimnasio, un poco en el jacuzzi, para luego arreglarse el pelo con todo el esmero del caso.

Dentro de las instalaciones del centro de entrenamiento del club, en Vila Nova de Gaia, cerca de la ciudad de Porto, Pedro cuenta cómo Jackson se adaptó muy rápido al equipo. Necesitaban un avanzado y el chocoano, al poco tiempo de llegar, “entendió cómo funcionaban las cosas acá”. Rápido, muy rápido, como lo han hecho sus goles tan festejados en la grada del estadio do Dragão.
Jackson Martínez participó en los partidos del Mundial de Brasil contra Grecia y Japón, en el que marcó dos goles. Aquel doblete es un hito en la historia del fútbol nacional: fue el primer doblete de un colombiano en un partido mundialista. Todo un genio.

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Hambriento y precoz, debutó con gol y se alzó con el título de la Supercopa de Portugal en su primer partido oficial con el Oporto en el verano de 2012. Después vendrían 26 goles más en la temporada 2012/13 que hicieron al equipo campeón de liga y a él, máximo goleador de la competición.

De Jackson se habla con el respeto que él mismo se ha ganado en el club. Se trata de un hombre tranquilo, sereno y maduro. Un tipo bien hecho. Su paso por los Jaguares de Chiapas (México) se nota. No se trata de un ‘pelao’ que dio el salto al Viejo Continente sin mayor recorrido.

En Colombia despuntó en el Torneo Finalización de 2008 con 10 goles en 23 partidos jugados con la camiseta roja del Deportivo Independiente Medellín. El punto de inflexión en su carrera deportiva llegó en 2009. Ese año, el DIM consiguió alzarse con el título del campeonato y “Chachachá”, con sus 18 goles, rompió el récord de Léider Preciado en torneos cortos.

En la serie final contra el Atlético Huila, Jackson marcó dos tantos. Aquella temporada exitosa fue la última del chocoano en Independiente Medellín. Tras un malentendido con el Ulsan Hyundai (de la K-League de Corea del Sur), Jackson Martínez fichó por los Jaguares de Chiapas. En el club mexicano jugó tres temporadas, hasta el 2012 que fichó por el Oporto. (Además: Jackson, arrollador: elegido como mejor jugador de enero en Portugal)

En paralelo, Jackson ha ido haciéndose un hueco en la “tricolor”. El técnico nacional Eduardo Lara le hizo debutar el 26 de agosto de 2009 y, fiel a su cita, marcó un gol a Ecuador que sirvió para que Colombia ganase por 2-0. Y así, hasta hoy, ha jugado en 34 ocasiones con la selección. El profesor José Pékerman lo incluyó en la lista definitiva de jugadores para disputar la Copa del Mundo 2014 en Brasil.

Jackson Martínez participó en los partidos contra Grecia y Japón, en el que marcó dos goles. Aquel doblete es un hito en la historia del fútbol nacional: fue el primer doblete de un colombiano en un partido mundialista. Además, tiene otro récord impresionante: sus 11 goles hasta la fecha en la Champions League lo convierten en el máximo goleador colombiano en la historia de la máxima competición internacional a nivel de clubes.

El rugido de un motor de un carro de alta cilindrada se cuela en el bucólico ambiente que esconde los campos de entrenamiento del Oporto F.C. Al poco tiempo se oye rugir otro motor y otro, como si fueran aviones despegando de una pista. En uno de esos deportivos con los cristales tintados, Pedro me dice que va Juan Fernando Quintero (el otro colombiano en el Oporto). El hombre de seguridad levanta la mano a modo de saludo cada vez que uno de esos carros cruza la barra levadiza. ¿Jackson? Minutos después aparece un BMW sigiloso que parquea junto al edificio que alberga las oficinas. Se abre la puerta y el hombre a entrevistar sale. Saluda y dice: “Aquí traigo la bola”. Su voz suena a profesor de catequesis.
´’Jugar en el Play y escuchar el himno de la Champions ya era una emoción. Ahora, al escucharlo en el campo no se hace especial por la música en sí, sino porque sabes que es el himno de esa competición, que es la mayor de todas y que estás ahí’, reconoce el goleador chocoano.

Es alto y fino. Las largas piernas al desembocar en los tobillos se arquean, igual que lo hacía Rivaldo antes de patear a balón parado. Camina despacio y estirado. Luce ese tipo de ropa deportiva que visten los músicos de hip-hop. De la cadena dorada que rodea el cuello, cuelgan las figuras de un niño y de una niña, o quizá sea una pareja de novios. Un llamativo reloj decora su muñeca izquierda, el mismo que se quitará durante la sesión de fotos. Empieza la entrevista y responde pausado, masticando cada idea que quiere expresar. Sentado, cara a cara, no hay rastro de esa viveza que se adivina en los que han jugado en la calle con niños mayores. Con las palabras no hace acrobacias, opta por un juego sencillo, pero efectivo.

Hablamos de un futbolista reconocido a nivel internacional en su equipo y en su selección, sin embargo, su sueño era ser jugador de baloncesto. ¿Cuándo se truncó esa posibilidad?

El baloncesto fue un deporte frustrado. Nunca expresé que tenía mayor deseo por el basquetbol, pero en mi corazón siempre quise ser basquetbolista. Dejé de pensar en el básquet como una posibilidad profesional por la situación que estaba pasando mi familia y por desgracia no tenía a ningún familiar que me llevara a ese sueño. Así que me incliné por el fútbol, viendo que era en lo que yo podía llegar a algo y tener más oportunidades. Gracias a Dios se pudieron dar las cosas. Sin embargo, por aquel entonces continué practicando el básquet.

Un sueño, el de ser futbolista, que comienza sin guayos… ¿Cómo era eso de patear descalzo el balón en los barrios de Quibdó?

Sí, sí, siempre iba descalzo. Mi mamá me dice que yo arrancaba las cabezas de las muñecas de mis dos hermanas menores y empezaba a patearlas. También que agarraba latas de las gaseosas, las aplastaba y me ponía a patearlas descalzo. Ella me dice que hasta agarraba piedras en la casa y las pateaba. Son muchos recuerdos que me vienen a la mente cuando tengo la oportunidad de ir al Chocó y veo a esos jóvenes pateando de la misma manera en que lo hacía yo. En ese lugar comenzó mi sueño.

Hasta entrenaba con pelotas de tenis, ¿cierto?

Sí, comencé practicando con pelotas de tenis. Cuando estuve en Medellín tuve un entrenador que se llamaba Marco Velázquez con el que hice un trabajo de técnica empezando con pelotas de tenis. Lo que él no sabía era que yo en mi casa también agarraba una pelota y comenzaba a hacer los trabajos. De esa manera yo estaba siempre un poco más avanzado que el resto del grupo.

Orlando Martínez, su papá, tuvo que abandonar el fútbol para mantenerlos a usted y a sus hermanas menores. ¿Esa es la mejor asistencia de gol que le han dado nunca?

Yo creo que sí. Mi padre, gracias a Dios, ha sido un hombre muy responsable. Siempre nos inculcó una disciplina muy fuerte, pero también nos expresó el amor que sentía hacia nosotros como hijos. Somos tres hermanos, dos mujeres y yo, que soy el mayor. Mi mamá, que es la que más me repite esta historia, me cuenta que mi papá estaba jugando y que tuvo que dejarlo todo porque no recibía dinero, el equipo no le pagaba y yo estaba de “brazos”, casi recién nacido y él optó por dejar todo, abandonar ese sueño de futbolista e irse al Chocó a trabajar y así poder mantener a la familia.

¿Cuál fue la reacción de su papá, profesor de educación física, cuando lo llevó a entrenar a su clase de fútbol?

[Ríe]. Él me veía pateando, tal vez, cualquier papel o una piedra que había por ahí, pero nunca me había visto como una persona que tenía cierta habilidad para el fútbol. Entonces yo todos los días lloraba para que me llevara a su escuela, hasta que un día se cansó de tanta repetición y me dijo: “Bueno, vamos” y en ese momento él se quedó sorprendido, se dio cuenta de que yo tenía cualidades para jugar al fútbol y ahí comenzó su apoyo.

¿Cuántos años tenía?

Era muy pequeño, menos de diez años.

¿Por qué Chachachá?

Bueno, hay muchas historias, pero de la que yo tengo certeza y es la que cuento, es que cuando mi papá jugaba al fútbol y metía un gol, lo celebraba bailando un mambo que se llama Cha cha chá. De ahí el apodo, desde pequeño me decían Chachachá.
Jackson clama para que en el Chocó no solo se miren las cosas malas. Considera que en su tierra natal hay mucho talento para el deporte, especialmente para el fútbol, el baloncesto y el atletismo, pero que se necesitan recursos para apoyar a las jóvenes promesas.

Pero usted era más de emular los pasos de baile del “Rey del pop”, Michael Jackson…

[Ríe]. Nooo. En ese tiempo pasaban mucho la música de Michael Jackson y mi mamá, que le gustaba cómo bailaba, me quiso poner ese nombre, a pesar de que mi abuela quería que me llamara Francisco.

Usted tiene algo del espíritu de baile de Michael Jackson y una vez hizo una chilena muy plástica sobre el pavimento de su colegio y despertó el interés de la gente. ¿Cómo fue eso?

En la escuela también, pero fue en el colegio donde todo el mundo me vio hacer una chilena sobre el cemento y levantarme como si nada. Fue algo que sorprendió mucho a la gente. La verdad, la infancia es algo hermoso que uno no olvida. Te ayuda a crecer y valorar lo que ahora tienes.

Nació y se crió en el Chocó, una de las regiones más pobres, olvidadas y sacudidas por el conflicto armado entre las Farc y los paramilitares. ¿Cuál es más humilde, su familia o Quibdó?

Lastimosamente mi familia es más humilde, pero paradójicamente la situación de mi tierra es la que todos conocen. Es triste que solo se miren las cosas malas que pueden estar pasando en el departamento. Nunca se ha aceptado el Chocó por lo que es, por lo que significa, por la tierra que es. Se está esperando siempre a la publicación de una noticia para poder hacer de Quibdó un lugar diferente a lo que es el Chocó como departamento.

¿Qué le gustaría que destacaran de su departamento?

Sería bueno que fueran y conocieran los alrededores del Chocó en sí, la riqueza que tiene. De la misma manera, sería de agradecer que el Gobierno pudiera tender un poco más la mano hacia esa región.

“Quiero irme a Medellín a ser futbolista”, les dijo a sus padres con 12 años. ¿Cómo se lo tomaron?

Antes hablé con ellos para expresarles ese deseo. Les dije que quería irme a estudiar y a jugar fútbol en Medellín. Gracias a Dios mis padres me apoyaron y me permitieron ir y vivir con mis abuelos allá. En esa ciudad comenzó todo el proceso de ser futbolista. Recuerdo estar pateando yo solo en una cancha y ver aparecer un señor. Me preguntó que qué hacía, esto y lo otro y me contó que estaba armando un equipo, que si me gustaría hacer parte de él. Yo le respondí que claro. El uniforme costaba ocho mil pesos. Hablé con mis papás y me ayudaron a comprarlo. Y así fue como empecé.

Y sin la plata para el bus que lo llevaba al entrenamiento, ¿no?

Me tocó caminar bastante. Era algo a lo que, gracias a Dios, nunca le encontré un pero. Siempre lo hacía. Tenía la oportunidad de ir a entrenar e iba. Es lógico, llegaba cansado. A veces tenía para el bus, pero me tocaba escoger entre pagar el pasaje o comer algo porque estaba muerto de hambre. Ya después de eso conocí a Gustavo Castrillón, que ahora es el técnico de la Fundación Jackson Martínez. Es una persona a la que le agradezco todo lo que ha hecho. Sin tener recursos él trataba de ingeniárselas para que pudiéramos jugar la liga. Siempre lo dio todo, invirtiendo tiempo, sin recibir un peso por ayudar a jugadores como nosotros que queríamos salir adelante.

El propio Gustavo Castrillón fue el que le prohibió a una novia suya ir a verlo en los entrenamientos, ¿verdad?

[Ríe] Fue algo así. Recuerdo ir a los entrenamientos, muy temprano, como a las seis de la mañana. Ella iba a verme y después se marchaba a la universidad. Hasta que un día él se cansó y le dijo que no volviera más. Es algo que me ayudó, siempre respeté esa firmeza con la que él nos hablaba. Muchos jugadores no pudieron salir por falta de oportunidades o por falta de dedicación, pero en mi mente estaba luchar, esperar por esa oportunidad para no desperdiciarla y así poder ayudar a mi familia.

En Latinoamérica no existen las sofisticadas escuelas de fútbol que hay en Europa, sin embargo, el talento allá es excelso. ¿Cuál es la labor de su fundación?

Con la Fundación Deportiva Jackson Martínez agarré el desafío de ayudar en el ámbito que a mí me tocó vivir: no tener pasaje para transportarme, la compra del uniforme y poder brindarles eso a los niños, darles la oportunidad de ser vistos si tienen talento y no tener que estar esperando en Colombia, sino de poder dar el salto a Europa y así ver algo diferente. Lo que la fundación busca hacer, y es lo que más valoro, más que salga un jugador profesional, consiste en la enseñanza de unos valores y el afán de superación académica, porque por más que se tenga el talento no se sabe si se va a ser futbolista, pero uno puede llegar a ser un doctor, un ingeniero, un arquitecto.

¿Qué le parece que un jugador de fútbol colombiano dé el salto a Europa a una edad temprana?

Yo pienso que eso puede ser en el caso de alguien que ya tiene un proceso y posee una madurez futbolística. Lo que hay que hacer es invertirle tiempo para trabajar. Los jóvenes que dan ese salto todavía tienen muchas cosas que aprender, y son cosas que lógicamente las aprenderían acá. Por eso no se trata solo de traerlo a un club, sino traerlo a que tenga el compromiso de acuerdo con lo que nosotros estamos pensando.

En 2009 estuvo a punto de fichar por el Ulsan surcoreano. ¿Qué sucedió para truncarse esa operación?

De la misma manera que trato siempre de ser muy respetuoso con los demás, me gusta que lo sean conmigo. En ese momento yo ya tenía un acuerdo con el Independiente Medellín, club con el que fui campeón y goleador en el 2009. Habíamos acordado que ese final de año yo iba a salir. Estaba esperando propuestas, se hablaba de River, de Estudiantes y de Racing en Argentina, pero en realidad ninguno presentó una propuesta clara. Se hablaba también de América de México, pero el único club que habló personalmente conmigo y que mostró un interés al llevar un precontrato fue el Ulsan de Corea del Sur.

Estábamos todos de acuerdo y firmamos el preacuerdo. En realidad me hubiera gustado estar en otro lado, pero tenía que respetar lo firmado. Quedé pendiente del contrato en español, que fue como lo pedí. Sin embargo, me lo enviaron en coreano, me lo traducen y en él aparecen unos términos totalmente diferentes a lo que habíamos acordado en un primer momento. Eso me enojó muchísimo y les dije que no lo iba a firmar. De ahí sale la oportunidad de hablar con los Jaguares de Chiapas (México) y jugar en su equipo.

Por fin se confirma la noticia y ficha por el Oporto de Portugal. Sin embargo, antes tuvo un percance en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, ¿qué le sucedió?

Tuve una experiencia bastante desagradable. Gracias a Dios no me dejé llevar por el sentimiento que puede causar una situación así. El caso es que en el aeropuerto de Madrid-Barajas, al entrar en la cabina para pasar el control de rayos X, agarro una bandeja vacía. Yo estoy mirando hacia un lado y el señor que tenía delante puso su celular y su correa en mi bandeja sin que yo me diera cuenta. Entonces, al depositar yo mis cosas, el hombre agarra su celular y lo saca y me dice “esta es mía”, pero de mala manera. El hombre de seguridad que había en el control le dice que no hay problema en compartir la bandeja, a lo que el tipo responde “Yo no comparto con negros”, mirándome de reojo.

¿Cuál fue su reacción?

En el momento se me subió como ¡uff…! y me dije que no debía responder con la misma moneda. Pienso que ahí Dios me dio un autocontrol que en otro tiempo no lo hubiera tenido.

En el Oporto, por aquel entonces, militaba su compañero James Rodríguez. ¿Cómo le ayudó a integrarse en la nueva ciudad?

James y su familia fueron para mí un factor importante en mi adaptación. Cuando yo llegué estaba la dificultad del idioma. Me acuerdo de que en los trabajos que hacíamos en los entrenamientos yo estaba al lado de James para que me tradujera. Todo el rato era: “James, ¿qué dijo el profesor?”. Entonces había veces que tocaba hacer ejercicios en los que estábamos separados los dos y ahí le pedía ayuda a Lucho González [argentino]. Además, yo me estaba quedando al principio de mi llegada en un hotel y James me invitó a su casa y allí estuve hasta que encontré la mía y hasta que llegó mi esposa. Fue algo impresionante la hospitalidad y la amabilidad que me brindaron James y su mujer. Siempre estaban pendientes de que no me faltara nada. Se lo agradezco cada vez que tengo la oportunidad.

Después usted y su esposa han hecho algo similar con Quintero, ¿cierto?

Sí, sí. La verdad es que tenemos ese deseo de querer ayudar, de querer ver bien a nuestros compatriotas. Y sí, con Quintero fue la misma situación.

¿Cómo es pasar de jugar en la PlayStation la Champions League a hacerlo en un partido de verdad escuchando esa musiquilla?

Jugar en la Play y escuchar el himno de la Champions ya era una emoción. Ahora, al escucharlo en el campo no se hace especial por la música en sí, sino porque sabes que es el himno de esa competición, que es la mayor de todas y que estás ahí. En mi primer partido de Champions vi que el escenario era totalmente diferente, que parecía otro estadio cuando se juega Champions, y escuchar aquel himno me dio una emoción que lo primero que hice fue darle gloria a Dios y agradecerle por haberme permitido estar ahí. Y claro, cuando marqué mi primer gol en Champions también fue muy emocionante.

¿Es comparable a meter dos goles en una Copa del Mundo, como hizo en Brasil ante Japón en dos ocasiones?

Aquello fue una alegría inmensa, igual que haber podido jugar el mundial. De los goles que he marcado, esos dos ante Japón han sido los que más han representado en mi carrera porque fueron en el torneo que siempre soñé jugar alguna vez en la vida.

Para un jugador de fútbol latinoamericano lo más difícil de la adaptación europea es la velocidad con la que se juega, ¿tan rápido es el fútbol en Europa?

Es cierto, se notan mucho la velocidad, la intensidad y el orden, es totalmente diferente. La bola va mucho más rápida, no es tanto de tenerla en los pies y pensar qué hacer con ella, acá todo va muy rápido. Cuando yo llego al Oporto veo que los pases son muy fuertes, los campos siempre están mojados, siempre están húmedos por más que se esté en verano, se riegan, algo que, por ejemplo, en México no se hace. Acá es como una regla, si la cancha no está mojada, el partido no va a ser de la misma intensidad. Yo me habitué rápidamente, traté de aprender cómo correr el balón, cómo son los pases, cómo se juega acá y empecé a analizar en los entrenamientos y gracias a Dios tuve la oportunidad de adaptarme rápido.

¿No le parece que ya es hora de pasar página y sumar nuevos hitos más allá del célebre 0-5 a Argentina en Buenos Aires de la selección de Colombia, como por ejemplo su andadura en la última Copa del Mundo de Brasil 2014?

La historia de aquella selección, aunque nosotros hagamos una nueva, va a quedar y se va a recordar siempre. Lo que esta selección ha hecho, también, se une a la anterior. En estos momentos se puede hablar de lo conseguido, pero irán viniendo nuevas generaciones que continuarán marcando una historia en Colombia. Últimamente los colombianos han tenido un acercamiento mayor a la selección y a los jugadores con respecto a otras épocas. Ahora hablas con una señora de setenta años y te relata lo que fue el mundial, es algo impresionante. Señores de edad que nunca veían fútbol, ahora se saben todos los nombres de los jugadores de la selección. Ha habido una acogida, un apoyo y un seguimiento inmensos. Ahora no pasas desapercibido en ningún lado.

Su mamá, Hernes Valencia, dice de usted que su humildad y mentalidad continúan intactas por sus principios de cuna y porque es un hombre temeroso del poder de Dios. ¿Qué es lo que teme realmente?

El poder de Dios no es, al menos lo que dice la Biblia, un temor de miedo. El temor de Dios es un temor reverente a lo que significa como Dios, como Creador, como el Dueño y Señor, que reina sobre todos. Mi vida no ha cambiado y cada halago lo dirijo a Dios. La diferencia en mi vida no ha sido ni siquiera el cambiar de una situación como la que teníamos antes a la de ahora, en la que disfrutamos de una condición económica privilegiada o el haber alcanzado grandes logros en lo deportivo, la diferencia en mi vida la ha hecho Cristo desde que conocí a Dios.

Dice que se entretiene con los videojuegos, que le gustan los clásicos, como el Real vs. Barcelona. ¿Qué le dice su mujer cuando lo ve jugar con la PlayStation?

[Ríe]. La realidad es que antes, cuando éramos novios, recuerdo jugar muchísimo. Después de casarnos empecé a dejar el hábito y dedicarme más a mi familia. Mi esposa es muy tranquila, muy pacífica, de evitar problemas… Es una bendición para mí. Ahora si juego con la Play un par de horas con mis amigos, ella está ahí con nosotros feliz, lo importante para ella es que estemos juntos. Entonces no hay ningún inconveniente.

Que suerte tiene…

Mi esposa conoce a Dios, por tanto es una mujer que sabe la manera como debe comportarse, acorde a lo que dice la palabra de Dios.

¿Con qué se vuelve loco su hijo Josué? ¿Al ver un balón o con la comida que le prepara la mamá?

[Ríe]. Para Josué es la bola. Él me dice “papá, vamos a jugar”, constantemente está con la bola, tiene muchos regalos, pero la bola es su favorito.

¿Va a animar a su hijo a ser futbolista?

Instruyéndolo, voy a dejar que escoja su propio camino. No le vamos a obligar a que lo sea, pero como dicen por ahí, de tal palo tal astilla. Como pasó conmigo que me incliné, por mi padre, hacia el fútbol, mi hijo, quizá, haga lo mismo.

¿En la próxima Copa América a qué le teme más, a Brasil o a un árbitro español?

Le temo más a que los jugadores no estemos bien, si es que voy convocado, en el momento de llegar a la selección.

Imagine que Colombia disputa la final de la Copa América, corre el minuto 85 y…

Si estoy en la jugada que termine con gol y si puedo, concretarlo yo. Esto sería un pensamiento personal. A nivel colectivo lo más importante es que Colombia sea campeona de la Copa América, marque quien marque.

GALO MARTÍN
BOCAS

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